img 0411

Miami en cuatro tiempos

Hay viajes que se arman alrededor de una sola razón y terminan regalando varias más. El nuestro empezó con un evento deportivo y un cumpleaños que coincidían en el calendario, y terminó siendo, sobre todo, la excusa perfecta para descubrir cuatro mesas de Miami que valen la pena por sí solas.

Fuimos los cuatro: mi hijo, su novia, mi esposa y yo. Viernes a martes, con el veinticinco cumpleaños de mi hijo como fecha central, y Doya, Tam Tam, Coté y Sunny’s marcando el paso de los días.

Viernes: Doya, la llegada

Wynwood tiene esa energía de barrio que se reinventó sin perder el pulso, y ahí, en uno de nuestros restaurantes favoritos de Miami, aterrizamos la primera noche. Doya hace del meze un lenguaje propio: platos pequeños, variados, pensados para compartir al centro de la mesa, fríos y calientes en la misma conversación.

img 0346

Pedimos el muhammara —uno de mis favoritos siempre, esa pasta de pimientos rojos con granada y nueces que equilibra dulce, ácido y tostado en un solo bocado—, berenjena rostizada con labne de ajo, un yogurt picante que despierta el paladar, y un carpaccio de branzino fresco y limpio. De los calientes llegaron el manti —esos dumplings de carne bañados en yogurt, ajo, páprika y menta que son puro confort turco— y un pulpo a la parrilla que no necesitó adornos. Pero lo que se robó la sobremesa fue el baklava de short rib: la ejecución tradicional de un baklava —capas de filo doradas, pistache molido encima— pero llevada a terreno salado, con carne deshebrada asomándose entre las hojas crujientes. Dulce en la forma, sabroso en el fondo.

img 0343

Salimos a caminar un par de cuadras por Wynwood, todavía con la sobremesa encima, y terminamos en Salt & Straw por un helado de cierre —un menú de sabores auténticos y variados que invita a probar combinaciones que uno no esperaría. Así arrancó Miami.

Sábado: Tam Tam

El sábado por la noche llegamos al centro de Miami a Tam Tam, reservado con días de anticipación, quince minutos antes de nuestra hora. El lugar estaba lleno, dentro y fuera, y esperamos un rato en las bancas exteriores antes de que nos sentaran, puntuales, en una mesa interior decorada con luces neón —un aire folclórico, pero acogedor.

Atía, nuestra mesera, tuvo el don de sugerir bien sin insistir. Pedimos lotus root salad, scallop crudo con pomelo, las famosas Tam Tam wings, camarones king asados, y un lamb wrap, todo acompañado de agua con gas y una botella de Ciclo, blanco portugués del Alentejo. El scallop crudo y los wraps de cordero fueron, para mí, los puntos más altos de la noche —frescura sobre frescura—, aunque la mesa entera sostuvo el nivel de principio a fin.

img 0398

Domingo: Coté, veinticinco años

Domingo era el día. El cumpleaños de mi hijo, y Coté —una estrella Michelin en pleno Design District— el escenario elegido. Desde la entrada se siente un ambiente distinto al resto del viaje: más solemne, más contenido, una concurrencia que sabe a qué vino.

Pedimos el Butcher’s Feast, la selección de cortes del chef a 82 dólares por persona, con una batería de acompañamientos que llegaron al centro de la mesa como una procesión: consomé de res, ban-chan, vegetales encurtidos, ensaladas, kimchi, y un suflé de huevo que sorprendió por su ligereza frente a tanta proteína. Para acompañar, un Cabernet Sauvignon 2022 de Obsidian Ridge Vineyard, con cuerpo suficiente para no perderse contra la carne. Cerramos con un helado suave de vainilla, y cuando mencionamos que había un festejado en la mesa, la casa —sin que lo pidiéramos— le puso una vela a una de las porciones. Pequeño gesto, pero de esos que se quedan.

img 0439

Lunes: Sunny’s, entre amigos

Si Coté fue el cumpleaños formal, Sunny’s fue la extensión de la fiesta con amigos, en un steak house que los locales reclaman como propio. Empezamos ligero: un ceviche de mariscos mixtos, un surtido de ostiones frescos con su mignonette, un carpaccio de carne sobre pan de masa madre, y una wedge salad clásica.

Luego llegó lo fuerte, al centro, para compartir: un ribeye dry aged de 26 onzas, un prime hanger de 10 onzas, y un wagyu NY strip de 16 onzas —el espectro completo, del carácter magro del hanger al marmoleo generoso del wagyu—, con espinacas a la crema y papas fritas de guarnición, y un tinto que pidió uno de los amigos, del que ya ni el nombre recuerdo. Hubo postres, hubo sobremesa larga, y hubo esa sensación —difícil de nombrar pero fácil de reconocer— de que el viaje había cumplido su propósito mucho antes de que termináramos de comer: buena compañía, celebrando a mi hijo, sin prisa por que la noche se acabara.

img 0471

Cuatro restaurantes, un cumpleaños que se volvió el centro de todo. A veces el mejor plan es el que se arma alrededor de una fecha que ya importa por sí sola.

Ilyas Kaif