Hay noches que piden un segundo acto. Salíamos de una obra de teatro sobre Avenida Chapultepec, todavía con la función en la cabeza, y mi mujer y yo teníamos mesa reservada a unas cuadras, en La Belle Epoque, un restaurante francés en la Roma Norte. No sabíamos que el telón iba a volver a subir.
Entras y lo primero que hace el lugar es obligarte a levantar la vista: un candelabro de cristal que parece haber viajado directo desde un salón parisino de 1900, colgado de un techo de doble altura. Debajo, todo conversa con esa época: los muros rojos, el barandal dorado que se enrosca hacia el mezzanine, el piso en zigzag que te marea un poco si lo miras demasiado. Pero hay dos detalles que delatan que esto no es un museo: la cava escondida bajo la escalera y la ventana al fondo, donde la cocina trabaja a la vista. La Belle Epoque mira al pasado, pero cocina en presente.

El pan como declaración de principios
Antes de pedir nada llegó un brioche recién horneado, brillante, con una quenelle de mantequilla al lado. Parece un gesto menor, pero no lo es: un pan así dice mucho de una cocina antes de que empiece la cena. Lo terminamos sin culpa.

Entradas: delicadeza y sorpresa
Las vieiras llegaron sobre su concha, cubiertas por una espuma de papa tersa y rodeadas de beurre noisette, esa mantequilla tostada que huele a avellana. Delicadas, de las que se comen despacio.

Después, el macaron de foie gras. Las tapas son oscuras, casi negras, espolvoreadas con un polvo verde y rematadas con un trazo rojo y flores diminutas. En medio, el foie. Es de esos bocados que primero se miran y luego se entienden: hermoso, sorprendente y delicioso, en ese orden.

La sopa de cebolla, como debe ser
Compartimos la soupe à l’oignon, y fue un acierto. Llega coronada por una cúpula de hojaldre dorado que hay que romper con la cuchara para llegar a la sopa. Abajo está lo que uno espera de este clásico: cebolla profunda, caldo con cuerpo, consuelo en un tazón. Muy bien ejecutada, y reconfortante como pocas cosas.

El filete que se robó la noche
De fuertes pedimos dos platos muy distintos. Los gnocchi de ricotta son receta de la abuela del chef, y se nota que vienen de una cocina de casa: suaves, sobre salsa de tomate y cubiertos con una crema blanca. Ricos, honestos, con historia.

Pero el favorito de la noche fue el filet au poivre. La carne llegó término medio, justo en su punto, y la salsa a la pimienta era delicada y redonda: presente, sin aplastar a la carne. Lo acompañamos con las pommes Belle Epoque, unas esferas de papa crocantes con salsa bearnesa. Confieso debilidad por la bearnesa, y ésta estaba a la altura.

Un Ribera en casa francesa
Mi mujer empezó con un cóctel, el Estragón: licor de estragón, cordial de maracuyá y espumoso. No fue de su gusto. Yo preferí esperar al vino, y pedimos una botella de Malasenda Crianza, de Ribera del Duero. Un tinto español en un restaurante francés puede parecer una traición menor, pero acompañó muy bien la cena, sobre todo al filete.

El final más tranquilo
De postre pedimos Le Choco, un pastelillo de chocolate con crema de ajonjolí, y lo acompañamos con una copa de oporto. Honestamente, estaba bueno, pero fue lo que menos nos sorprendió. Después de una noche tan alta, el cierre se quedó un escalón abajo.

El chef en la mesa
Al final, el chef Max Righi pasó a saludar. Nos sorprendió su juventud. Platicamos poco, pero lo suficiente para saber que detrás hay escuela y oficio: se formó como cocinero y ha trabajado en cocinas de prestigio en distintas ciudades del mundo antes de volver a la Ciudad de México para abrir su propio restaurante. Se nota en el pan, en la sopa y en ese filete.
Elegir la cocina francesa a su edad es una apuesta curiosa. Por un lado, es nadar a contracorriente: mientras la gastronomía de vanguardia mira hacia la fermentación, lo local y lo efímero, Righi apuesta por el beurre noisette y la salsa a la pimienta. Por otro, es ir a lo seguro. Quienes hemos pasado por una escuela de cocina sabemos que casi todo empieza ahí, en la técnica francesa: las salsas madre, los fondos, el rigor. Arriesgado y seguro a la vez. Y a juzgar por ese filete, la apuesta va ganando.
La Belle Epoque abrió hace apenas cuatro meses y ya tiene claro quién es: un francés clásico con mirada joven, en un salón que invita a quedarse. Salimos del teatro buscando cenar y terminamos viendo otra función: la de un chef que entendió que, a veces, lo más audaz es volver a lo clásico.
Información práctica del restaurante francés en la Roma Norte
- Dónde: Av. Oaxaca 80, Roma Norte, Ciudad de México
- Cocina: francesa contemporánea, a cargo del chef Max Righi
- Reservaciones: por OpenTable
- Precio: alrededor de $2,500 MXN por persona, con vino
- No te pierdas: el filet au poivre, la sopa de cebolla y el macaron de foie gras
- Ideal para: una cena después del teatro o una ocasión especial
Ilyas Kaif
