Hay restaurantes que simplemente están en un lugar. Y hay restaurantes que son ese lugar. Casa Marcial, de Nacho Manzano, pertenece decididamente a la segunda categoría.
El viaje desde Oviedo ya es parte del ritual. La ruta nos llevó por la AS-260, una carretera que va ganando altura con cada curva hasta depositarte en el Mirador del Fitu, donde Asturias se abre de golpe: el Cantábrico al fondo, los Picos de Europa cerrando el horizonte, los valles verdes apilándose entre medias como si alguien hubiera arrugado el paisaje a propósito. Desde ahí, el descenso hacia La Salgar es una sucesión de curvas cerradas entre castaños y helechos, con el GPS señalando un destino que uno todavía no termina de creer que exista. Llegamos por donde no se llega normalmente —a la vuelta bajaríamos a Arriondas y de ahí a Oviedo por la ruta convencional— y eso, sin saberlo, ya anticipaba que Casa Marcial iba a ser una experiencia fuera de lo ordinario.
La pequeña aldea de La Salgar aparece de pronto, sin fanfarria. Y ahí, en lo que fue la casa familiar de los Manzano, está el restaurante. Tres estrellas Michelin, una estrella verde, tres soles Repsol —el máximo en cada categoría— escondidos en un rincón de Asturias que parece haberse resistido siempre a ser descubierto.
La llegada
Al maniobrar en el estacionamiento, el primero en aparecer fue él mismo: Nacho Manzano, cocinero de tres estrellas, con una bienvenida tímida y sin aspavientos, casi como si uno lo hubiera sorprendido pensando. Hay algo profundamente honesto en eso. Al bajar del auto, una de sus hermanas nos recibió con la calidez que uno no siempre espera de un restaurante de este rango.
Porque Casa Marcial es, ante todo, una casa. En la que los padres cocinaban por encargo y recibían a los vecinos; donde los Manzano aprendieron el valor de la hospitalidad y la alegría de convertir a los clientes en amigos. Esa historia se siente en los materiales, en las proporciones de los espacios: ocho mesas en la planta alta, unas cuatro más abajo. Un restaurante deliberadamente pequeño, de escala humana, que en la temporada actual sirve únicamente el horario de la comida.
El menú: nostalgia hecha técnica
El menú de ese día fue largo —veinte tiempos, poco más de cuatro horas entre la llegada a las dos de la tarde y la despedida cerca de las siete menos veinte— y si tengo que ser honesto: sublime, aunque en algún momento la experiencia alcanzó sus propios límites. No cada restaurante merece ese tiempo, y no todos los menús largos justifican su extensión. Este se acercó.
Nacho Manzano propone un viaje culinario hacia sus orígenes, sus raíces y la tierra de su nacimiento, con los sabores de Asturias desde una perspectiva contemporánea. Casa Marcial es, para él, testimonio del vínculo que forjó con su entorno local durante la infancia.
Eso se ve en el plato. El menú navegó del mar al monte con una fluidez que solo es posible cuando el cocinero conoce ambos mundos de memoria. Ostras, almejas, crustáceos de temporada. Trucha. Aves. Carnes. Todo anclado en el producto kilómetro cero del Cantábrico y de los valles asturianos, con elaboraciones que convertían los espárragos blancos en algo casi ceremonial, los guisantes lágrima en una declaración filosófica. Hubo un momento —calamares en salsa de mole mexicano— donde uno entendió que este cocinero no teme a la contradicción, y que la nostalgia para Manzano no es necesariamente localista: es emocional.
Cada tiempo llegó con la cadencia de quien sabe que el tiempo también es un ingrediente. El servicio de sala, encabezado por Sandra Manzano —hermana del chef, cómplice de décadas de este proyecto— transmitió en todo momento esa mezcla de profesionalidad y cercanía que es, en el fondo, la marca de la casa. Un equipo joven, siempre atentos, que ejecutaron la danza de veinte tiempos sin que se notara el esfuerzo.
Una reflexión honesta
Salimos a las seis y cuarenta de la tarde. Habíamos llegado a las dos. Más de cuatro horas es mucho tiempo en cualquier mesa del mundo, y sería deshonesto no mencionarlo. Para quien busca una experiencia total, casi contemplativa, Casa Marcial lo ofrece sin reservas. Para quien la extensión resulta un factor, conviene saberlo de antemano.
Lo que no tiene discusión es el nivel de la cocina: precisa, emocionalmente cargada, con esa rareza de los grandes platos que saben a algo que uno no ha probado antes pero reconoce de algún lugar profundo. Nacho Manzano lleva más de treinta años en esto. La primera estrella llegó en 1999, la segunda en 2010, y la tercera —la más esquiva— en la Gala Michelin 2025. No son reconocimientos que se acumulan: son capítulos de una historia que sigue escribiéndose en la misma casa donde todo comenzó.
Casa Marcial no es un restaurante de ocasión. Es un destino. El camino de curvas desde el Mirador del Fitu forma parte del menú, y la pequeña aldea de La Salgar, con sus montañas de fondo y sus vacas mirando indiferentes, es el mejor maridaje posible.

