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Valdevimbre: la parada que nadie pone en el mapa

Entre Oviedo y Valladolid hay kilómetros de meseta que los viajeros suelen recorrer con el piloto automático puesto. Nosotros habíamos trazado una ruta diferente: una parada en Valdevimbre, un pueblo de poco más de mil habitantes al sur de León que no aparece en ningún itinerario convencional. Fue una de las mejores decisiones del viaje.

Bodega Pardevalles


Nuestra primera parada fue en Bodegas y Viñedos Pardevalles, proyecto familiar de tercera generación con D.O. León. Fundada en 1949 por Rafael Alonso, “hoy son sus nietos, Hugo, Rafa, Victor y Andrés quienes llevan las riendas —Hugo fue quien nos recibió esa mañana”.
Hugo habla del vino como quien te cuenta algo que ama y confía en que tú también lo vas a entender. Nos explicó que la geografía de Valdevimbre ha forjado una uva con carácter propio: la Prieto Picudo, peculiar en su forma alargada, en el tamaño del racimo, en la concentración que alcanza en esta tierra. Durante décadas definió al pueblo casi en exclusiva a través de sus rosados. Pero lo que Hugo nos contó con más entusiasmo fue lo que está pasando ahora: con nuevas técnicas de vinificación, esa misma uva está dando tintos de una calidad que la región nunca había tenido. La Prieto Picudo está encontrando en manos de Hugo una segunda vida en la copa.
Ver las cuevas donde se vinificaba antes —con tinajas y vigas romanas, sin control de temperatura— y la bodega moderna que ha construido la familia Alonso, hace que uno entienda que la innovación aquí no es ruptura sino continuación. El mismo pueblo, la misma uva, otro nivel de ambición.

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Fotografía: Bodegas y Viñedos Pardevalles

El Prieto Picudo en la copa

Hugo condujo la cata en orden natural: primero un blanco de uva Albarín, aromático y de una frescura inesperada; después el rosado de Prieto Picudo —color rosa fresa, intenso en nariz, con aromas a fresa y recuerdos cítricos, potente y sabroso en boca con ese punto de aguja natural que lo hace inconfundible. En México el rosado es a menudo un vino sin mayores pretensiones. El de Prieto Picudo es otra conversación: tiene personalidad, tiene estructura, tiene algo que decir.

Después llegó el tinto: color intenso, aromático, con una redondez que sorprende y una persistencia que se queda. Fue una de esas catas que te cambian una idea que creías fija.

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Fotografía: Bodegas y Viñedos Pardevalles

El pueblo que se excavó a sí mismo

Al salir de Pardevalles fue cuando Valdevimbre se reveló en su totalidad. En la ladera: puertas bajas entre la hierba, chimeneas sin casa, respiraderos que sobresalen del suelo. Son las bocas de las cuevas. Desde época romana esta zona fue uno de los grandes abastecedores de vino de la Península; siglo tras siglo se fueron excavando cientos de galerías con una lógica puramente climática —la tierra mantiene temperatura estable todo el año, ideal para que el vino madure sin prisa. Hoy Valdevimbre conserva más de 300 cuevas catalogadas. Es un número que cuesta asimilar hasta que uno empieza a contar puertas en la ladera y pierde la cuenta.

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Fotografía: Bodegas y Viñedos Pardevalles

La comida en las cuevas de Los Poinos

Al cruzar la puerta del Restaurante Los Poinos, el espacio se abre en salas abovedadas excavadas en el barro. La decoración es el propio lugar: la roca, la penumbra, el eco de las conversaciones.

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Fotografía: Bodegas y Viñedos Pardevalles

Empezamos con alcachofas y una ensalada con espárragos blancos de temporada, y pedimos todo para compartir. Las botellas fueron de Pardevalles: el rosado que ya conocíamos de la bodega, y el Carroleón —el tinto más selecto de la casa, criado en esas mismas cuevas centenarias. Dos registros de la misma uva, la misma tierra en la copa pero con otro carácter. El rosado para las entradas; el Carroleón para las carnes y para quedarse en la mesa hasta el final.

Comimos, hablamos y disfrutamos rodeados de paredes de barro de trescientos años. Eso, en un viaje largo, vale más de lo que parece.

Por qué vale la pena

Valdevimbre no tiene catedral, ni castillo, ni restaurante con estrella. Lo que tiene es algo más difícil de encontrar: autenticidad sin performance. Un pueblo que hace lo que lleva siglos haciendo, que lo hace bien, y que no ha necesitado reinventarse para merecer la visita.

El desvío son veinte kilómetros y una hora de más. Cuesta muy poco y se queda mucho tiempo.

Ilyas Kaif

Bodega Pardevalles — Valdevimbre, León. D.O. Tierra de León. Restaurante Cueva Los Poinos — Valdevimbre, León.

Fotografías cortesía de Bodegas y Viñedos Pardevalles

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