Hay lugares que uno visita una vez por curiosidad, una segunda por confirmación, y una tercera porque ya no queda duda: uno simplemente quiere estar ahí. La Bonvi, en Anatole France 139, es uno de esos lugares.
Llegué un jueves a las dos de la tarde — hora en que la ciudad ya digirió su prisa matutina y Polanco empieza a llenarse de esa gente que parece siempre tener algo importante que celebrar. Me anoté en la pizarra de vidrio de la entrada. Éramos el número diez en la lista de espera. En cualquier otro contexto, quince personas antes que tú en la fila de una taquería a mitad de semana serían razón suficiente para irse. Aquí, uno se queda.
Tardamos quince minutos. Quince minutos que en realidad no se sienten, porque el ritual de La Bonvi comienza desde afuera: la anticipación, la gente que sale satisfecha, el olor que ya está diciéndote algo.
Al entrar, el vasito de cerveza Modelo Especial de barril — fría, perfecta, gratuita. Un gesto pequeño que funciona como declaración de intenciones: aquí se viene a estar bien.

La mesa ya tenía dispuesta su geografía de salsas: la verde cruda con aguacate, la Chamuca negra de chiles toreados, la Atropellada de serrano y habanero, y la Martajada de árbol y morita. Cuatro salsas, cuatro caracteres. Y antes de que llegue la orden, unas papas fritas con salsa tipo Valentina para que uno no se desespere — aunque tampoco hay tiempo para eso, porque el servicio es notablemente ágil sin sentirse apresurado.
Pedí una Modelo Especial y tres tacos. En mi tercera visita, ya sé lo que quiero, aunque el menú siempre tienta.

El primero fue el delgadito de ribeye Chairman’s Reserve — $165 pesos. Mi favorito de la tarde, y con cada visita se confirma como mi favorito a secas. La carne tiene esa calidad que no necesita explicación, que habla sola en la primera mordida. El segundo, el trompo de picaña rostizada — $120 — que César de la Parra ha convertido casi en símbolo de su universo gastronómico: la picaña con ese giro lento, ese punto de costra, ese equilibrio entre la grasa y el fuego. El tercero, el filete prime a la chemita — $135 — que tiene algo de juego, de complicidad, como si el nombre fuera un guiño a alguien que uno quisiera conocer.

Los tres llegaron en tortillas hechas a mano, al momento, de maíz amarillo. Hay una diferencia real — no romántica, no nostálgica, real — entre una tortilla industrial y una así. La de La Bonvi es cálida, ligeramente gruesa en los bordes, con ese aroma a nixtamal que en esta ciudad debería ser patrimonio protegido.
La cuenta llegó a $600 pesos por persona. No es barato para unos tacos. Pero tampoco son unos tacos.
César de la Parra construyó La Once Mil como el sueño de bocadillos inolvidables — una mordida que te haga levantarse de la cama y decir: hoy voy. La Bonvi es la continuación de ese sueño con código postal distinto. Hay algo honesto en eso: no pretende ser alta cocina, no pretende ser taquería de barrio. Es exactamente lo que es — y eso, en una ciudad donde todo quiere ser otra cosa, es su mayor virtud.
Volveré. Es mi tercera vez y sé que no será la última.
La Bonvi Anatole France 139, Polanco / Pedregal 33, Lomas-Virreyes Sin reservaciones — el primero que llega, primero que taquea Lun–Vie 12:00–23:30 / Sáb–Dom 11:00–22:30 @labonvi.mx
— Ilyas Kaif

Excelente recomendación.
Iremos a probarlos.