Los planes de viaje más memorables suelen nacer de un tropiezo. Llegamos a Getaria un lunes a mediodía, en taxi desde San Sebastián, con la intención de visitar el Museo Balenciaga. Lo que no habíamos calculado es que los museos descansan los lunes. Puerta cerrada, letrero discreto, silencio de mármol. Fue el mejor tropiezo posible.
Sin el museo, nos quedaba el pueblo. Y el pueblo es suficiente.
Getaria se camina en veinte minutos pero se siente en horas. Bajamos por la calle principal hacia el puerto, ese puerto medieval que parece resistirse al siglo en el que vive: piedra oscura, barcas de madera, olor a salitre y a brasa que ya empezaba a filtrarse desde alguna cocina cercana. No hay manera de llegar a Getaria y no tener hambre.
La tarde anterior, en Akelare, habíamos probado el txakolina por primera vez. Llegó como parte de un aperitivo inspirado en los quesos de la región, y alguien del equipo nos recomendó, casi al pasar, que visitáramos Getaria al día siguiente. “Si quieren entender el txakolina, tienen que ir a donde nace.” No lo olvidamos.
En el Restaurante Balearri, frente a la playa de Malkorbe, pedimos una botella de Ameztoi. Es quizá el txakolina más conocido de Getaria, y hay una razón para eso: es fresco, mineral, con esa acidez limpia que parece hablar directamente del Cantábrico. Llegó al vaso sin ceremonias, directo y honesto, como el lugar que lo produce.
El Balearri es uno de esos restaurantes que funcionan como termómetro de un sitio: si las familias del pueblo comen ahí los días de semana, algo están haciendo bien. Había niños corriendo entre las mesas, conversaciones en euskera, el ruido de cubiertos y de gente a gusto. Nadie estaba de visita salvo nosotros.
Antes de que llegara el pescado, vinieron los pintxos de anchoa con pimientos y unas croquetas de queso. Las anchoas eran de esas que hacen que uno reconsidere todo lo que creía saber sobre las anchoas. El txakolina las encontró y entendieron el uno al otro de inmediato.
El rodaballo llegó entero, a la brasa. Fue el momento en que pedimos la segunda botella de Ameztoi — no hizo falta discutirlo. Ya lo habían fileteado en cocina y lo presentaron con la espina central expuesta, flanqueado por papas cocidas con perejil. Sin más. Así es como se come en el País Vasco cuando el producto es suficientemente bueno para no necesitar disfraces: la carne blanca, casi perlada, con ese borde tostado que solo da el fuego directo. Comimos despacio. Había pocas razones para apresurarse.

Después de comer caminamos hacia la plaza principal. Ahí está la estatua de Juan Sebastián Elcano: mármol blanco sobre pedestal de granito oscuro, el navegante con armadura, frente al ayuntamiento. Modesta en escala, enorme en significado.
Enter y pega:
Me quedé un momento mirándola y pensé en la desproporción. Este pueblo, que se recorre caminando en minutos, que produce uno de los vinos más locales del mundo, que huele a brasa y a mar, fue el punto de partida —y de llegada— del primer ser humano que circunnavegó el planeta. Elcano zarpó en 1519 con Magallanes. Llegó en 1522, ya sin Magallanes, con diecisiete hombres de los doscientos sesenta que habían partido. Lo que tardó en volver fue más que lo que dura una vida entera en muchas épocas. Y volvió aquí, a este puerto de piedra oscura.
Hay algo en eso que no cabe del todo en la cabeza. Y quizás por eso la estatua ocupa la plaza tranquilamente, sin aspavientos: el pueblo ya sabe lo que tiene.
Nos fuimos de Getaria antes de que cayera la tarde. El museo seguía cerrado. El txakolina había terminado. El rodaballo era ya un recuerdo de espinas y felicidad. Tomamos un taxi de regreso a San Sebastián y nadie habló mucho durante el trayecto.
Hay pueblos que se visitan y hay pueblos que te visitan a ti durante semanas. Getaria es del segundo tipo.
Información práctica
Restaurante Balearri — Playa de Malkorbe, Getaria. Accesible desde el puerto medieval. Ambiente familiar y local, frecuentado por vecinos del pueblo. Sin pretensiones. Txakolina Ameztoi disponible.
Museo Cristóbal Balenciaga — Cerrado los lunes. Vale la pena agendarlo para cualquier otro día de la semana.
Cómo llegar — En taxi desde San Sebastián, aproximadamente 30 minutos por la costa. También accesible en autobús desde Zarautz.
El txakolina que hay que buscar — Ameztoi, Txomin Etxaniz. Ambas bodegas están en Getaria o sus alrededores. Blanco, joven, ácido, mineral. Se bebe frío.
— Ilyas Kaif

